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Luchan contra la desnutrición infantil en el monte santiagueño

Beto Roccia y Sol Scheurer dejaron su Río Cuarto para instalarse en Quimilí, donde fundaron “Nutrir la Infancia”, un centro que atiende a niños y embarazadas que viven en condiciones de pobreza extrema

Cuando los índices estadísticos que uno escucha en la radio, ve en la tele o lee en los diarios empiezan a tener rostros y nombres concretos, uno se involucra y empieza a sentirse parte de esa realidad; es ahí cuando se pregunta: ¿Qué estoy haciendo yo para revertirla?”. Tan contundente como el planteo que hacen, fue la decisión que tomaron: dejar atrás el cotidiano tópico de no mirar hacia el costado, aprender que “el otro” no es sino un hermano y asumir que la realidad, cuando disgusta, hay que cambiarla.

Con esas convicciones en mente, Heliberto “Beto” Roccia y Sol Scheurer -una joven pareja, ambos de 28 años- partieron desde su Río Cuarto natal hacia el monte santiagueño. Allí, precisamente en Quimilí, fundaron “Dignamente, Nutrir la Infancia”, un centro de prevención y tratamiento de la desnutrición infantil que, trabajando con la metodología Conin, atiende a mamás embarazadas y niños menores de cinco años que viven en condiciones de vulnerabilidad extrema.

Desde su reciente creación a comienzos de 2017, el Centro Nutrir la Infancia atiende de manera permanente a más de cien niños que viven en Quimilí y en diferentes parajes y asentamientos del centro y norte de Santiago del Estero. Asimismo, mediante un Programa de Acompañamiento Familiar apoyan a más de trescientas familias con el objetivo de generar un desarrollo comunitario que les permita enfrentar las diferentes problemáticas que existen en el lugar y que inciden de manera directa sobre la desnutrición infantil.

A su vez, en los últimos meses, junto a Marcos Salvay, un joven de Monte Maíz que decidió seguir sus mismos pasos, han fundado el  segundo Centro Nutrir la Infancia en la zona, esta vez en la localidad de Weisburd.

En diálogo con PUNTAL, Sol y Beto contaron que la primera vez que visitaron la provincia de Santiago del Estero fue hace cuatro años, en el marco de una misión de verano. En aquella ocasión, con un grupo de jóvenes misioneros riocuartenses, estuvieron quince días en Weisburd, una pequeña localidad de 200 habitantes ubicada a 800 kilómetros de nuestra ciudad.

“Ahí pasamos unos días con la comunidad del lugar y de inmediato notamos situaciones que nos empezaron a llamar la atención. Principalmente en  los niños; nosotros hacíamos los mismos juegos o las mismas actividades que organizábamos en Río Cuarto y los niños no respondían a ciertas consignas, muchas veces no se alegraban o no jugaban con nosotros”, recuerda Beto.

Y agrega: “Al caminar por las comunidades del monte y visitar las familias nos dimos cuenta: era producto de la mala nutrición que padecían esos  niños. Entonces vislumbramos distintas problemáticas graves que tenían que ver con la desnutrición infantil”.

“Entonces -complementa Sol- nos preguntamos: ¿Cómo podemos ser tan indiferentes a algo que en realidad nos afecta a todos? La realidad que teníamos frente a los ojos nos indignó. Y entendimos que la desnutrición era un problema social que nos afectaba a todos. Es por eso que surge esto de decir: ‘Bueno, ¿cómo podemos dar una mano nosotros?’”.

Esa misión de verano se repitió al año siguiente. Luego los viajes fueron más seguidos. Hasta que un encuentro con el reconocido médico pediatra Abel Albino, referente de la Fundación Conin, marcó un antes y un después en la vida de los dos jóvenes.

“Cuando nos pusimos en contacto con él nos respondió de inmediato. Nos invitó a Mendoza, tomamos un café, le contamos un poco la problemática y él nos dijo: ‘Chicos, ¿ustedes que hacen de sus vidas?’ Bueno, Sol dijo: ‘Soy ingeniera agrónoma, trabajo en el sector agropecuario’. ‘Yo, bueno, soy contador, trabajo en un estudio contable’. Entonces él dice: ‘Muy bien, si ustedes realmente quieren quebrar la desnutrición pueden convertirse en coordinadores de centros de prevención y tratamiento de la desnutrición infantil’”, narra Beto.

“Eso sí, deberíamos abordar el problema con la totalidad de nuestras fuerzas, debíamos irnos a Santiago del Estero. Él fue claro cuando nos dijo: ‘Miren chicos, el camino este no es fácil, pero les voy a asegurar una cosa: van a ser completamente felices’”, continúa Sol. Y añade: “Y bueno… en ese camino estamos y podemos asegurar que haciendo esto somos muy felices”.

Un contexto de extrema pobreza

Beto Roccia cuenta que al Centro Nutrir la Infancia lo han creado en Quimilí ya que era la ciudad más cercana en donde podían contar con profesionales. En tanto, los niños y familias que regularmente asisten al lugar pertenecen a comunidades del monte que por distintas circunstancias se han ido instalando en los asentamientos periféricos de Quimilí o en diferentes parajes de la zona.

“Quimilí es una ciudad que tiene aproximadamente 8 mil habitantes y en cuyas periferias existen unos catorce asentamientos de extrema pobreza. Nosotros trabajamos en esa periferia y en los parajes del monte. Hacés cinco kilómetros y hay cinco casitas. Diez kilómetros más, otras cinco”, contextualiza Beto.

Y añade: “En esos parajes viven familias muy numerosas en pequeños ranchitos de adobe y techos de paja, en total situación de hacinamiento. Familias que realmente están alejadas de todo tipo de acceso a los servicios básicos: no hay agua corriente, no hay electricidad, no hay jardines de infantes, en lo que respecta a salud no hay puestos sanitarios cerca o los médicos no llegan, los caminos son intransitables cuando llueve”.

“Como podrás notar, existe una situación de pobreza muy profunda, la cual tiene una consecuencia gravísima como es la desnutrición infantil que, en definitiva, afecta a los niños para toda la vida”, sintetiza Sol.

“Mi país, mi familia”

Sol y Beto dicen estar transitando un camino tan lleno de dificultades como de esperanzas. Dicen que si tuvieran que elegirlo de nuevo, lo harían sin dudarlo. Y a eso agregan  que en sus sueños existe un mundo en el que todos viven mejor.

“La desnutrición no es algo individual, sino que es una problemática social. Nos compete a todos”, afirma Beto, quien invita a pensar el país como una gran familia. “Si somos una familia y un hermanito nuestro está enfermo, toda la familia tiene que apoyarlo para que mejore. No podemos mirar a un costado como si nada pasara”.

“El Papa Fracisco llama a ese fenómeno ‘la globalización de la indiferencia’. Nos estamos acostumbrando cada vez más a ser indiferentes a las cosas que vemos, como si eso no nos estuviera pasando también a nosotros”, enfatiza Beto.

Y concluye: “La sola idea de revertir ese pensamiento, la idea de no permitir que la indiferencia se globalice; eso nos motiva a elegir día a día este camino… Y el hecho de querer formar parte de un país en donde todos vivamos cien veces mejor”.

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